La última de los hermanos Coen lo volvió a poner de manifiesto. Todo el que haya asistido a un pase relativamente concurrido de la película y se detuviese un poco a observar la reacción del público al final sabrá a qué me refiero. La gran mayoría no sabían cómo reaccionar. Muchos de ellos, de alguna forma, se sentían “estafados”; les habían dejado sin esa trillada estructura de desenlace a que los tienen habituados. Como perros hambrientos a los que se les echa en el comedero caviar en lugar del pienso barato de todos los días. Se lo miran y remiran, le pasan la lengua, lo sobetean y olisquean con el hocico para ver qué tal, cierto, pero no se acaban de fiar; el pienso, en cambio, ya lo habrían devorado.
Cierto que podría argumentarse que el tipo de de gente que va a ver un film Coen, un film como “No es país para viejos”, no suele ser el mismo que va a ver, por poner ejemplos recientes, “30 días de oscuridad” o “Monstruoso”, pero en esta ocasión nos encontramos con un factor desequilibrante adulterando el esquema, y que atiende al nombre de Javier Bardem. Gracias a Bardem y el tirón mediático de tanta nominación y tanto premio, han ido a ver esta película miles de espectadores que jamás se habrían asomado ni subvencionados por el Estado a un film Coen. Pese a ello, como he dicho, ninguna de estas voces se alzó en pie de guerra.
Pero antes de todo esto estaba la novela homónima de Cormac McCarthy, un disparo de destructora energía narrativa directo a la sien del lector. Con materiales de partida como éste da gusto hacer películas de Oscar...
“Creo que es preferible no saber ni siquiera nada.Así como un estilo de narración antinatural que usa y abusa de la acumulación y de la estructura copulativa, negando toda oración subordinada, y sobrevive a duras penas gracias a la frase hiperbreve y el punto y seguido:
Sigue largando por esa boca y te llevo ahí dentro y te hecho un polvo.
Bocazas”
“Voy a hacer la cosa más tonta del mundo pero voy a ir igual. Si no regreso dile a mamá que la quiero.
Tu madre está muerta, Llewelyn.
Entonces se lo diré yo mismo”
“Chigurh se situó entre los dos y se inclinó y le quitó la sobaquera al segundo de ellos y agarró la Glock de nueve milímetros que llevaba y regresó al vehículo y encendió el motor e hizo marcha atrás para dar la vuelta y dejó atrás la caldera camino de la carretera”Diálogos de bolsilibro y párrafos de telegrama, cuando no de niño de parvulario... Y a pesar de ello, funciona. McCarthy te coge por los huevos desde la primera página y no te suelta hasta le final. Te da igual que a veces el estilo sea farragoso, que los diálogos no gasten en verosimilitud todo lo mucho que despilfarran en inteligencia, porque quieres seguir adelante, proseguir la huída, el enfrentamiento entre Ghigurh y el mundo. No quieres ni puedes parar. En este sentido resulta muy significativo que el film de los Coen sea, prácticamente en su 80%, un auténtico calco de la novela de McCarthy, tanto en lo tocante a escenas como a diálogos. Los Coen, como hábiles narradores que son, chicos listos donde los haya, sabían del poder de atracción, casi magnético, de las páginas de McCarthy, y ni cortos ni perezosos, filmaron literalmente el libro.
“Se aproximó con el revólver amartillado. Silencio absoluto. Tal vez debido a la luna. Su sombra le daba más compañía de la que hubiera deseado. Sensación desagradable. Un intruso. Entre los muertos. No te me pongas raro, dijo. Tú no eres uno de ellos. Todavía”
Un libro que, como antes señalaba, empieza jugando al engaño, tirando piedras hacia el tejado del policíaco de frontera y el thriller, pero muy pronto, a medida que Chigurh estrecha el cerco sobre el huído, su presa, Llewelyn Moss, va entrando sigilisomante en el terreno oscuro y abismal de la paráfrasis del mal absoluto. Así, el que creemos uno de los protagonistas, Llewelyn, termina por no serlo. La historia, que es a la vez una desequilibrada partida de ajedrez, se juega entre dos polos que ni siquiera se llegarán a encontrar: Chigurh y el sheriff Bell. El primero simboliza el mal absoluto e irracional, una pesadilla de muerte directamente surgida de las abyectas entrañas de un siglo y una civilización podridas. Bell, en cambio, su supuesto antagonista, quien debería darle caza, es un representante del viejo mundo, el viejo siglo, atormentado además por una dolorosa herida arrastrada desde sus años jóvenes, en la Segunda Guerra Mundial. Bell es el epígono de esos viejos de los que habla el título, para los que no está hecho este país, este mundo nuevo, regido por la corrupción y la violencia extremas: “La otra cosa son los viejos, y vuelvo otra vez a ellos. Me miran y es siempre con una pregunta en la mirada. Años atrás no recuerdo que eso pasara. No cuando yo era sheriff allá por los años cincuenta. Los ves y ni siquiera parecen confusos. Sólo parecen locos. Eso me molesta. Es como si se despertaran y no supieran cómo han llegado allí. Y en cierto modo es así”. Chigurh es el hijo predilecto de esa corrupción y esa violencia que enloquecen y confunden a los ancianos del presente, viviendo su senectud en un mundo contra natura y depredador cuya naturaleza se les escapa: “No lo sé. Yo solía decir que eran los mismos a los que se enfrentó mi abuelo. En aquel entonces robaban ganado. Ahora trafican con droga. Pero ya no lo veo tan claro. Me pasa lo que a ti. No estoy seguro de que hayamos visto nada igual. Gente de esta clase. Y ni siquiera sé cómo llevar todo esto. Si los mataras a todos tendrían que construir un anexo en el infierno”.
Un nuevo infierno para una nueva clase de Mal, cuyo Profeta en la Tierra es Chigurh, indestructible, letal, inmisericorde: “es como un fantasma”, dice Bell, que no sólo no sabe cómo darle caza, ni siquiera parece querer enfrentarse a él. La novela, entre bastidores, paralelamente a una explícita narración de la acción y la violencia, aborda entre líneas el tema de la huída, una huída mucho más profunda que la que emprende el personaje de Llewelyn Moss, cargado de un botín de dinero y un puñado de ingenuas ilusiones. Se trata de la huída de nuestros propios miedos, nuestros propios fantasmas. Todos los personajes tienen su particular fantasma, su singular Chigurh, dándoles caza, insertos en un escenario en el que de continuo los viejos valores son arrasados. Esta nueva sociedad que nos hemos fabricado no es para viejos, ni siquiera para hombres, es para auténticos lobos.
McCarthy, inteligente y zorruno, sabe que a un narrador no se le perdona el tener ideología, ser un moralista, pero en cambio un personaje tiene licencia para todo, puede ser Rasputín o Hitler o Mengele, mientras sus acciones discurran acordes con su carácter no suspenderemos nuestra incredulidad. Por eso McCarthy se cuida mucho de poner su discurso reaccionario en palabras propias del sheriff Bell: “Hace un par de años Loretta y yo fuimos a una conferencia en Corpus Christi y a mí me tocó sentarme al lado de una mujer, era la esposa de quién. Y no paraba de hablar, que si la derecha esto que si la derecha lo otro (...) Al final me dijo: ‘No me gusta adónde va este país. Yo quiero que mi nieta pueda abortar’. Y yo le dije, mire, señora, no creo que a usted le preocupe en realidad adónde va este país. Tal como yo lo veo no me cabe ninguna duda de que su nieta podrá abortar. Es más, creo que además de abortar también podrá hacer que le practiquen a usted la eutanasia. Lo cual puso fin a la conversación”. Los pasajes en los que la historia avanza, en oposición, en los que Chigurh y sus andanzas destructoras acaparan la acción, no son más que pura y dura narración de hechos y diálogos directos. No hay tiempo para detenerse a pensar. El Mal no tiene ideología, sencillamente actúa.
Y de ahí, decantada, la que yo pienso lectura final de la novela: no se trata del ahora y del entonces, cualquier país sigue siendo todo lo duro que fue para cualquiera. Porque el País no coincide con ningún Estado o tiempo concretos: el País es el Hombre. La Humanidad. No es cuestión, por decirlo así, de una disyuntiva entre viejos o jóvenes; sino entre arrojados y pragmáticos; o hablando en plata, de ponerle huevos o dejar pasar la oportunidad. Anton Chigurh, fantasma de ambos, sólo verdugo de uno de ellos, tiene a propósito de esto la mejor frase de la novela –también de la película–: “Si la norma que seguías te ha llevado a esto, ¿de qué te ha servido la norma?”. Llewelyn Moss tomó parte por los primeros, se lió la manta a la cabeza y le echó un pulso a la vida a todo o nada: perdió y ahora está muerto. Bell, de los segundos, ya desde sus tiempos en Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, aprendió que la mejor forma de mantenerse con vida es mirar por uno mismo, aunque sea a costa de imborrables remordimientos e internas sospechas de cobardía. Y ésa sigue siendo su norma tantos años después, cuando el mundo parece desmoronarse; por eso ha llegado a viejo.