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martes

Arkham Scriptorium: La Humanidad no es País para Viejos

No Country for Old Men. A base de bombardearnos con subproductos e historias fotocopiadas cada una de la anterior nos han condicionado las reacciones, esperamos ciertos acontecimientos en momentos determinados y si no se producen nos rompen los esquemas... Aparecen los créditos, se encienden las luces, la proyección ha terminado y todavía andamos preguntándonos entre dientes si nos tomaron o no el pelo.

La última de los hermanos Coen lo volvió a poner de manifiesto. Todo el que haya asistido a un pase relativamente concurrido de la película y se detuviese un poco a observar la reacción del público al final sabrá a qué me refiero. La gran mayoría no sabían cómo reaccionar. Muchos de ellos, de alguna forma, se sentían “estafados”; les habían dejado sin esa trillada estructura de desenlace a que los tienen habituados. Como perros hambrientos a los que se les echa en el comedero caviar en lugar del pienso barato de todos los días. Se lo miran y remiran, le pasan la lengua, lo sobetean y olisquean con el hocico para ver qué tal, cierto, pero no se acaban de fiar; el pienso, en cambio, ya lo habrían devorado.


No es pais para viejos portada

De todos modos cuando la gente se siente robada, traicionada, lo hace patente, deja oír sus maldiciones, sus abucheos, sus bufidos y exabruptos. Con “No es país para viejos”, en cambio, nada de eso. La mayoría se sintieron, como digo, noqueados con un desenlace que los había dejado a las puertas de su habitual ración de pienso cinematográfico después de dos horas literalmente pegados a la pantalla. Aún así nadie dijo palabra: silencio. En su fuero interno sabían que habían asistido a una muy buena historia. No se atrevían a soltar un pero en contra. Aplaudir a favor tampoco.

Cierto que podría argumentarse que el tipo de de gente que va a ver un film Coen, un film como “No es país para viejos”, no suele ser el mismo que va a ver, por poner ejemplos recientes, “30 días de oscuridad” o “Monstruoso”, pero en esta ocasión nos encontramos con un factor desequilibrante adulterando el esquema, y que atiende al nombre de Javier Bardem. Gracias a Bardem y el tirón mediático de tanta nominación y tanto premio, han ido a ver esta película miles de espectadores que jamás se habrían asomado ni subvencionados por el Estado a un film Coen. Pese a ello, como he dicho, ninguna de estas voces se alzó en pie de guerra.

no es pais para viejos_1

Porque “No Country for Old Men” ha de convertirse en un clásico del cine contemporáneo. Un hito cinematográfico que empieza como un sádico falso thriller para terminar hablándonos, al parecer, del mal como plaga moderna, una salvaje e incombatible nueva esencia de la posmodernidad. Con mucho, la mejor película que les disfruto a los Coen desde los ya lejanos tiempos de “Barton Fink” y "Fargo", una brillante muestra de dirección sustentada en dos potentísimos cimientos: de un lado el acertadísimo guión adaptado, y del otro el soberbio trabajo de Bardem en su papel del misterioso y letal Anton Chigurh.

Pero antes de todo esto estaba la novela homónima de Cormac McCarthy, un disparo de destructora energía narrativa directo a la sien del lector. Con materiales de partida como éste da gusto hacer películas de Oscar...

McCarthy y los Coen

Y eso que no lo tenía nada fácil. McCarthy se las ingenió para confeccionar una novela con elementos que normalmente no son muy del gusto del lector medio, a saber: unos diálogos artificiosos y efectistas, más propios, ya es curioso, de una película barata que de la narrativa:

Creo que es preferible no saber ni siquiera nada.
Sigue largando por esa boca y te llevo ahí dentro y te hecho un polvo.
Bocazas

Voy a hacer la cosa más tonta del mundo pero voy a ir igual. Si no regreso dile a mamá que la quiero.
Tu madre está muerta, Llewelyn.
Entonces se lo diré yo mismo
Así como un estilo de narración antinatural que usa y abusa de la acumulación y de la estructura copulativa, negando toda oración subordinada, y sobrevive a duras penas gracias a la frase hiperbreve y el punto y seguido:

“Chigurh se situó entre los dos y se inclinó y le quitó la sobaquera al segundo de ellos y agarró la Glock de nueve milímetros que llevaba y regresó al vehículo y encendió el motor e hizo marcha atrás para dar la vuelta y dejó atrás la caldera camino de la carretera

Se aproximó con el revólver amartillado. Silencio absoluto. Tal vez debido a la luna. Su sombra le daba más compañía de la que hubiera deseado. Sensación desagradable. Un intruso. Entre los muertos. No te me pongas raro, dijo. Tú no eres uno de ellos. Todavía
Diálogos de bolsilibro y párrafos de telegrama, cuando no de niño de parvulario... Y a pesar de ello, funciona. McCarthy te coge por los huevos desde la primera página y no te suelta hasta le final. Te da igual que a veces el estilo sea farragoso, que los diálogos no gasten en verosimilitud todo lo mucho que despilfarran en inteligencia, porque quieres seguir adelante, proseguir la huída, el enfrentamiento entre Ghigurh y el mundo. No quieres ni puedes parar. En este sentido resulta muy significativo que el film de los Coen sea, prácticamente en su 80%, un auténtico calco de la novela de McCarthy, tanto en lo tocante a escenas como a diálogos. Los Coen, como hábiles narradores que son, chicos listos donde los haya, sabían del poder de atracción, casi magnético, de las páginas de McCarthy, y ni cortos ni perezosos, filmaron literalmente el libro.

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Un libro que, como antes señalaba, empieza jugando al engaño, tirando piedras hacia el tejado del policíaco de frontera y el thriller, pero muy pronto, a medida que Chigurh estrecha el cerco sobre el huído, su presa, Llewelyn Moss, va entrando sigilisomante en el terreno oscuro y abismal de la paráfrasis del mal absoluto. Así, el que creemos uno de los protagonistas, Llewelyn, termina por no serlo. La historia, que es a la vez una desequilibrada partida de ajedrez, se juega entre dos polos que ni siquiera se llegarán a encontrar: Chigurh y el sheriff Bell. El primero simboliza el mal absoluto e irracional, una pesadilla de muerte directamente surgida de las abyectas entrañas de un siglo y una civilización podridas. Bell, en cambio, su supuesto antagonista, quien debería darle caza, es un representante del viejo mundo, el viejo siglo, atormentado además por una dolorosa herida arrastrada desde sus años jóvenes, en la Segunda Guerra Mundial. Bell es el epígono de esos viejos de los que habla el título, para los que no está hecho este país, este mundo nuevo, regido por la corrupción y la violencia extremas: “La otra cosa son los viejos, y vuelvo otra vez a ellos. Me miran y es siempre con una pregunta en la mirada. Años atrás no recuerdo que eso pasara. No cuando yo era sheriff allá por los años cincuenta. Los ves y ni siquiera parecen confusos. Sólo parecen locos. Eso me molesta. Es como si se despertaran y no supieran cómo han llegado allí. Y en cierto modo es así”. Chigurh es el hijo predilecto de esa corrupción y esa violencia que enloquecen y confunden a los ancianos del presente, viviendo su senectud en un mundo contra natura y depredador cuya naturaleza se les escapa: “No lo sé. Yo solía decir que eran los mismos a los que se enfrentó mi abuelo. En aquel entonces robaban ganado. Ahora trafican con droga. Pero ya no lo veo tan claro. Me pasa lo que a ti. No estoy seguro de que hayamos visto nada igual. Gente de esta clase. Y ni siquiera sé cómo llevar todo esto. Si los mataras a todos tendrían que construir un anexo en el infierno”.

Anton Chigurh

Un nuevo infierno para una nueva clase de Mal, cuyo Profeta en la Tierra es Chigurh, indestructible, letal, inmisericorde: “es como un fantasma”, dice Bell, que no sólo no sabe cómo darle caza, ni siquiera parece querer enfrentarse a él. La novela, entre bastidores, paralelamente a una explícita narración de la acción y la violencia, aborda entre líneas el tema de la huída, una huída mucho más profunda que la que emprende el personaje de Llewelyn Moss, cargado de un botín de dinero y un puñado de ingenuas ilusiones. Se trata de la huída de nuestros propios miedos, nuestros propios fantasmas. Todos los personajes tienen su particular fantasma, su singular Chigurh, dándoles caza, insertos en un escenario en el que de continuo los viejos valores son arrasados. Esta nueva sociedad que nos hemos fabricado no es para viejos, ni siquiera para hombres, es para auténticos lobos.

Llewelyn Moss

McCarthy, inteligente y zorruno, sabe que a un narrador no se le perdona el tener ideología, ser un moralista, pero en cambio un personaje tiene licencia para todo, puede ser Rasputín o Hitler o Mengele, mientras sus acciones discurran acordes con su carácter no suspenderemos nuestra incredulidad. Por eso McCarthy se cuida mucho de poner su discurso reaccionario en palabras propias del sheriff Bell: “Hace un par de años Loretta y yo fuimos a una conferencia en Corpus Christi y a mí me tocó sentarme al lado de una mujer, era la esposa de quién. Y no paraba de hablar, que si la derecha esto que si la derecha lo otro (...) Al final me dijo: ‘No me gusta adónde va este país. Yo quiero que mi nieta pueda abortar’. Y yo le dije, mire, señora, no creo que a usted le preocupe en realidad adónde va este país. Tal como yo lo veo no me cabe ninguna duda de que su nieta podrá abortar. Es más, creo que además de abortar también podrá hacer que le practiquen a usted la eutanasia. Lo cual puso fin a la conversación”. Los pasajes en los que la historia avanza, en oposición, en los que Chigurh y sus andanzas destructoras acaparan la acción, no son más que pura y dura narración de hechos y diálogos directos. No hay tiempo para detenerse a pensar. El Mal no tiene ideología, sencillamente actúa.

Y de ahí, decantada, la que yo pienso lectura final de la novela: no se trata del ahora y del entonces, cualquier país sigue siendo todo lo duro que fue para cualquiera. Porque el País no coincide con ningún Estado o tiempo concretos: el País es el Hombre. La Humanidad. No es cuestión, por decirlo así, de una disyuntiva entre viejos o jóvenes; sino entre arrojados y pragmáticos; o hablando en plata, de ponerle huevos o dejar pasar la oportunidad. Anton Chigurh, fantasma de ambos, sólo verdugo de uno de ellos, tiene a propósito de esto la mejor frase de la novela –también de la película–: “Si la norma que seguías te ha llevado a esto, ¿de qué te ha servido la norma?”. Llewelyn Moss tomó parte por los primeros, se lió la manta a la cabeza y le echó un pulso a la vida a todo o nada: perdió y ahora está muerto. Bell, de los segundos, ya desde sus tiempos en Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, aprendió que la mejor forma de mantenerse con vida es mirar por uno mismo, aunque sea a costa de imborrables remordimientos e internas sospechas de cobardía. Y ésa sigue siendo su norma tantos años después, cuando el mundo parece desmoronarse; por eso ha llegado a viejo.

El Sheriff Bell


Que la vida sea otra cosa, un plus muy por encima del instinto de conservación, ya es un riesgo que no demasiados están dispuestos a asumir.


Llewelyn Moss




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javier iglesias

lunes

Arkham Scriptorium

arkham

Roger Corman y Richard Matheson nos lo hicieron pasar pipa con sus desvaríos cromáticos y las cejas de Vincent Price, qué duda cabe... pero antes estuvieron Poe y Lovecraft.

El moderno cine fantástico le debe a nombres como Philip K. Dick o Stephen King casi tanto –si no más– como a Carpenter, Cronenberg o Spielberg.

¿Que Starship Troopers te pareció fascistoide? Pues espérate a leer la novela de Robert Heinlein.

Dashiell Hammett y Raymond Chandler... ¿Qué habría sido del cine negro clásico sin ellos?

James Bond, Fu-Manchú, Sherlock Holmes, Drácula, Frankenstein, Patrick Bateman, Hannibal Lecter… Todos ellos y tantos otros nacieron primero en el papel, antes de hacerse inmortales en el celuloide.

Herbert Wells, Julio Verne, Conan Doyle… El cine clásico se alimentó de sus ficciones. Las ficciones del hoy, en cambio, han buscado nuevas y más peligrosas ubres: James Ballard, Chuck Palahniuk, Clive Barker, Alan Moore... Y muchísimos más que me dejo, es cierto, pero que bien podrían tener cabida en este Arkham Scriptorium.

Porque si ser cinéfago suele estar de puta madre, ser bibliófago no debería irle a la zaga...


[A partir de mañana, en tdc!]


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javier iglesias

sábado

cinefagia.sms_: john rambo

john rambo

De: Javier Iglesias [+]
Recien salido de John Rambo... Creo que vamos a tener que replantearnos el concepto de "gratuito"...
A: yume
Enviado: 02-Feb-08 00:21
Recibido: 02-Feb-08 00:19


De: Javier Iglesias
Porque se nos acaba de quedar "muyyy pequeño"
A: yume
Enviado: 02-Feb-08 00:24
Recibido: 02-Feb-08 00:24


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javier iglesias

viernes

Si tú eres Leyenda, yo soy Historia…

soy leyenda


Publicado originalmente en tannhauser.blogia.com

Unas palabras del propio Matheson me vienen como anillo al dedo para empezar: "aun el dolor más profundo se mitiga, la desesperación más intensa cede. La maldición del verdugo: el preso se acostumbra a sus cadenas (...) ¡Con qué rapidez se acepta lo increíble si se ve con frecuencia!". Creo que resumen bastante bien por qué me he alejado voluntariamente del cine, encerrándome en la literatura: me había acostumbrado a que el 90% del cine que se hace —el 99% si hablamos de cine fantástico— fuese una completa basura; bastarda y comercial a más no poder, conscientemente manufacturada para el paladar de espectadores rednecks y descerebrados. Pero el hecho de que deje de sorprenderte que en el precio de la entrada entre también tu consentimiento para que se te caguen encima no implica que tengas que dejar que te llenen de mierda por defecto. Antes o después acabas escarmentando y, sencillamente, cortas la comunicación. Hace años que la industria se dio cuenta de que un cine fantástico pueril y de amplio espectro sería el único capaz de arrastrar público a las salas y eso levantó acta de defunción para muchos aficionados, entre los que por supuesto me cuento.

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"Soy un Timo"

Un día vino alguien y me dijo: ey, tú, ¿sabes que están haciendo otra peli de "Soy leyenda"?; bueno, respondí; ¿y a que no sabes quién hará de Neville?; sorpréndeme, le dije; Will Smith; ¡pfffffff!..., no me jodas; lo que oyes, tío...; ¿y de Cortman?; ¡¿Cortman?!... ¡¿quién cojones es ése...?!; acto seguido se marchó pensando que debía estar loco y yo seguí a lo mío. Todavía resonaban en mi cabeza los rumores de aquella adaptación, por suerte frustrada, con Swarzenneger y Ridley Scott; un sudor frío me recorría la nuca. Hasta que no lo viese no lo creería; aún cabía esperar el milagro...

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El Fantasma de las Navidades Pasadas

En fin, que el tipo sabía quién era Neville pero no recordaba a Cortman..., qué diablos, puede que ni siquiera hubiese leído la novela, a lo mejor sólo había visto a un crístico e interracial Charlton Heston dejándose crucificar por monjes albinos antiglobalización... El caso es que la pregunta sobre Cortman no es todo lo friki que parece a simple vista. Porque sin Cortman no hay "Soy Leyenda" que valga. Él tiene la mejor frase de toda la novela; la mejor escena: Cortman vampiro, cada puta noche, ante la casa del último hombre vivo sobre la faz de la Tierra, gritándole, invitándole a formar parte del nuevo orden: "¡Sal, Neville!" Hay que ser un guionista muy incompetente o un director muy cegato —o una servil marioneta en manos de los productores— para no aprovechar semejante escena...

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Charlton Heston Vs. Los Jesuitas con Psoriasis

Pero, como decía, entrar hoy día en un cine es regalarles la ocasión de llenarte hasta la calva de mierda. Por asumido que lo tengas, que te darán por saco sí o sí, sólo eres un débil pedazo de carne humana, así que terminas dándoles la oportunidad... Y en efecto, no hubo lugar para Ben Cortman, como tampoco lo hubo para su terrorífica letanía —"¡Neville, Neville!... ¡Sal, Neville!"— porque en realidad no hubo en momento alguno intención de trasladar la "leyenda" de Matheson a la pantalla. Antes al contrario, desde el principio tuvieron claro que lo que querían era convertir en "legendaria" esta tomadura de pelo, auténtica donde las hubiere, como no recuerdo otra desde, por lo menos, "El Sexto Sentido" de Mr. M. Night "tramposo" Shyamalan.

sal neville
‹‹¡Sal, Neville!››

En cierto modo el cine yanki, la industria cinematográfica yanki, era la menos indicada para contar una historia en la que el héroe adviene monstruo y los monstruos pasan a conformar el canon de normalidad. Sabemos que en Hollywoodland, y por extensión en el mundo entero, desde que derribaron el par de torreones, no hay escalas de grises; el malo es malo, muy malo; y el bueno es bueno; buenísimo. Y punto. Hasta me escama que el libro de Matheson no haya sido poco menos que prohibido por la administración Bush, teniendo en cuenta lo que subyace a sus líneas... ¡Ah!, no..., espera, que los hay por allí que todavía no saben leer entre líneas...

richard matheson
Richard Matheson

Bueno bueno, ingenuidad la justa, no nos engañemos, claro que leen entre líneas, por eso mismo acto seguido las manipulan a su antojo, no hay quien los iguale en eso, qué duda cabe. Porque al fin y al cabo lo de menos son esos pequeños detalles, a saber; que el Neville de Matheson es un ario del montón, fumador y borrachín, sin formación científica alguna, que se pasa la mitad de la novela más salido que el pico una plancha; mientras Will Smith ni fuma ni bebe, ni por supuesto se la machaca, y encima es un virólogo de la hostia, cachorras de gimnasio, intachable oficial del Ejército, amante esposo y mejor padre. Un tipo made in USA al 200%. Qué importa si Neville era un tipo reservado y silencioso que escuchaba música clásica, si Smith puede ser un charlatán bocazas fanático de "Shreck" y de Bob Marley. Que te cambien vampiros conscientes por superzombis hidrofóbicos a lo "Resident Evil", tanto da; puedes tragarte mal que bien toda esa bazofia...

investigador
‹‹Y el SIDA porque no me he puesto en serio, que si no...››

Pero por lo que ya no pasas, si es que tienes dos dedos de frente, es por la triple ración fast food de etnocentrismo yanki, por otro lado, nada subliminal —porque además es que ya ni se molestan en ser sutiles, los cabrones—. La idea central de Matheson es que la vida se abre paso, sea como sea, y los débiles se quedan en el camino. Llega el momento en que la humanidad sucumbe ante el advenimiento de una nueva raza, primitiva y brutal, pero superior, no en vano consigue sobrevivir a la epidemia. El tiempo de los hombres toca a su fin y comienza el de los vampiros, o como el propio Matheson los denomina al final de su libro, "los hombre oscuros"; vampiros mutantes, capaces de introspección y una vaga organización social. En este nuevo orden, Robert Neville, el último hombre vivo, que durante tantos años les dio caza, exterminándolos, es una amenaza a erradicar; un auténtico y peligroso "Conde Drácula" para la recién nacida sociedad: "Ellos le veían como un monstruo terrible y desconocido, de una malignidad más odiosa aún que la de la plaga. Un espectro invisible que como prueba de su existencia sembraba el suelo con los cadáveres desangrados de sus seres queridos (...) Neville observó a los nuevos habitantes de la tierra. No era uno de ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían eliminar y destruir (...) Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo. Soy leyenda". En cambio, para la Nueva América parida el 11-S, la Humanidad es el supremo escalafón de la cadena trófica, puesta en dicha altura por mediación divina, y cualquier atentado contra reinado de los hombres es, en consecuencia, no sólo una horrible y lacrimógena tragedia, también una contravención del orden establecido, que es —y nunca debe dejar de ser— unívoco e intransferible. La Humanidad no puede morir, no debe morir, ergo la nueva sociedad de vampiros no puede ni debe progresar. Los vampiros —y quien dice vampiro dice todo individuo que nada contra la corriente de lo normal— están enfermos, y en consecuencia hay que curarlos, es necesario y esencial reestablecer el equilibrio. Ahí es donde entra en juego Robert Neville-Will Smith, el Salvador, el Nuevo Cristo Negro, guiado sin saberlo por la Divina Providencia, que ha de salvar a la Humanidad del Apocalipsis con su inmolación y, a la postre, "devenir leyenda" a ojos de la Nueva Humanidad que, merced a la abnegación y el sacrificio del Mesías Afroamericano, resurgirá de las cenizas en las que jamás debió convertirse...

ne(gr)o cristo
Ne(gr)oCristo y el Apóstol San Perro

Pestífero lo cojas por donde lo cojas... Richard Matheson quiso que Robert Neville fuese primero Van Helsing para acabar convirtiéndose en Conde Drácula, y finalmente en nada. La industria yanki ha querido que Will Smith sea mártir ejemplar contra las hordas bárbaras —y terroristas— para acabar adviniendo Mesías de una Nueva y Mejor, Política y Moralmente Recta Humanidad. En el entretanto, aquellos que amamos el buen cine fantástico, inteligente y turbador, "Somos Historia".

Bukowski dejó este poema dedicado al cine, que tanto le aburría, y que por supuesto secundo:

"millones de dólares gastados para crear
algo que es peor que la vida real de
la mayoría de los seres vivos; nunca deberíamos sacar
entradas para el infierno"


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javier iglesias